domingo, 17 de febrero de 2008

Siendo sincero, prefiero la tormenta antes que el aguacero

Camino descalzo sobre el piso. No ha sido una noche fácil. Pensé que el sindrome del 14 de Febrero lo había superado, por fin. Pero no es así. Una semana más tarde de la fecha fatídica, he recaído en mi bajo estado ánimico. La verdad, creo que desde que él marchó, nada ha sido lo mismo.
No recuerdo ningún día tan gris como el que estoy viviendo. Me he mirado en el espejo y he visto mis ojos hinchados, las ojeras latentes y esa medida sonrisa, que hoy es solo una mueca de tristeza desfigurada.
Cuando a uno le dicen que se va  a comer el mundo con su edad, debería de subirle el ego hasta cotas astronómicas, pero no es así. Eso es mentir por cortesía y no decirle algo malsonante o grosero. El consejero solo debe aconsejar cuando conoce al paciente, no cuando el único dato que tiene sobre él, es su nombre y su estado anímico actual, que tampoco es para tirar cohetes. 
Asomado en la ventana, bloc de notas y bolígrafo en mano, me he preguntado a mi mismo: ¿Qué prefiero, tormenta o aguacero? La tormenta, descarga y se marcha, ruidosa y espectacular, sorprende a los pequeños y atemoriza a los sensibles. Pero el aguacero, deja su manto de agua durante tiempo, para recordar su presencia. Quiere hacerse notar y sobretodo, sentir que es notado. Al poco tiempo, me he respondido escribiendo en el bloc de notas:
Siendo sincero, prefiero la tormenta antes que el aguacero.

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